lunes, 31 de marzo de 2014

Km 0 de Aguas Dulces: Almacén “del Chato”




Por María José González
Hace poco le comenté a un amigo que tenía ganas de escribir algo sobre el almacén “del Chato” y en el momento me dijo: “¡Me encanta! ¡El km 0 de Aguas Dulces!!”. Tal cual, pensé, ¡qué buena definición!
Gigante, sólido, con fortaleza de guapo, básico, sin adornos ni mimoserías.
Es tan así que cuando alguien llega por primer vez a Aguas Dulces y  pregunta a cualquier persona dónde queda un lugar, lo primero que se le va a decir es: “¿Viste dónde queda lo ‘del Chato’? Bueno, de ahí tantas cuadras para allá, o de ahí para el fondo, o doblas, o sigues, o te metes por la callecita…”
¡Lo impresionante es que para los de acá también es el Km 0!, y creo que sin lugar a dudas merece tener ese mojón.
Después viene lo otro, lo jugoso…y es que ese gigante hecho para almacén le dió el resto para mucho más ! en sus años mozos fue barraca, bar, carnicería restaurante, peluquería!
Inmenso, con buen cimiento, con ladrillos del mejor horno, techo de estructura inmensa, cielorraso de pinotea… 40.000 ladrillos, durmientes que salieron del mar y mano de obra del mejor constructor que tuvo el pueblo: su dueño.
La puerta se abrió por primera vez el nueve de febrero de 1959 y la primer semana hubo baile todos los días, “¿para festejar la inauguración?”, pregunté-. “No, ¡ porque era la semana de carnaval!… Las muchachas estaban todas disfrazadas!”, me contó con picardía en la cara…” ¡Imagínate!”.
A la luz de los faroles, lugareños y turistas bailaron al son de la música.
El nombre de  los músicos era Laudares de los Santos con gaita piano, Dima Pereira con la guitarra y Tico D’Elia con el bandoneón… Y en la puerta recibiendo a los que llegaban a divertirse estaba la Cota Olivera, vecina muy conocida por todos vecinos de la zona de Castillos.
Sabes una cosa, me dice el almacenero apuntándome con el dedo: “600 pesos de “aquella época me costaron las baldosas del salón, ¡fiadas!! De lo de Martínez y Cereceda -casa mayorista- y la plata salió de esos bailes… Fui y pagué!!!” Me contó orgulloso.


Foto tomada en el año 2013.
No puedo dejar de mencionar su mostrador espectacular, el que está como nacido, en el mismo lugar que lo pusieron desde un principio, ¡sin moverse medio milímetro! -¿Nunca les pasó de ir a comprar piola o cable?-. El mostrador es la unidad de medida: “Agarre ahí”, te dice el que atiende mientras aprieta un borde de la piola en la punta del mostrador… “Un largo son cuatro metros, ¿quieres cinco metros?”, y entonces sin soltar la piola, se agacha y le suma cinco baldosas, ¡pronto!
Pero para ser honesta, les cuento que éste no fue el único, el primero fue un tablón ancho apoyado sobre dos barriles y con una arpillera bien tirante al frente que cumplía la función de pared frontal, dando unidad al mueble.
La fachada del frente del local -con ya más de medio siglo- estuvo sin revocar hasta hace unos siete u ocho años, cuando su dueño decidió que era tiempo de darle “terminación” a aquella inmensa pared, tapando para siempre los orgullosos ladrillos.
Las aguas se dividieron en dos, un bando decía: “¡Qué mire usted, cómo es que nunca lo ha  terminado, que por fin”, y al otro bando defendía con pasión que nos encantaba así, que ese revoque era un sacrilegio!.. pero el albañil comenzó y día a día desde la cabaña, veía cómo las hileras de ladrillos iban desapareciendo tras la mezcla de arena y portland. Por momentos la obra se detenía, como para que aquel obrero tomara aliento para seguir con tan cuestionado trabajo, y después retomaba.
La verdad es que no se que pasó, ni quiero tocar el tema, ¡pero lo cierto es que un buen día Don Carlos no volvió más!!! …Pasó el tiempo, y gracias a Dios, hasta el día de hoy, allá arriba, contra el pretil y donde nadie llega, se ve un metro y pico de sólida pared de ladrillos que siguen a la vista, mostrando el cerno  para que dia a dias,cuando me levante recuerde el gigante que quisieron esconder y no pudieron.



Foto tomada año 2013
Cuando yo era niña chica -y ya tengo canas, ¡muchas!-, al lado del mostrador, contra la ventana que da a la calle -donde ahora están unos freezers-, había tres o cuatro mesas cuadradas con sus respectivas sillas y era el lugar donde los parroquianos se sentaban a tomar algunos tragos y echar un real de prosa.


Foto tomada en el año 2011
En invierno la puerta grande de enfrente no se abría, había que ir por el costado, y ahí me mandaba la abuela a comprar cosas de almacén, a buscar “la leche de lechero”, a comprar un vasito de dulce de leche -¿Alguien se acuerda del vasito de dulce de leche Conaprole?-. Cuando la compra era fiambre -salame o mortadela-, aquel hombre cortaba, cuchilla en mano, con precisión de cirujano, rodajas finas, perfectas. Cuando la abuela decidía hacer un puchero de gallina, hacia allí marchaba yo con la gallina apretada entre los brazos, y de ahí volvía con ella agarrada de las patas y con el pescuezo roto.
Cuando llegábamos de Castillos nos mandaban al almacén para que le cambiaran el oído o la mantilla al farol, le pusieran querosene, y salíamos con él prendido, agarrado del asa, caminando con el bien retirado del cuerpo -¡largaba un calor que metía miedo!-.
La atención al público era completa -¡no quieran saber la cantidad de veces que vi sacar anzuelos clavados en dedos de pescadores inexpertos!-. ¡Dedos de niños y de hombres grandes! En el almacén este tipo de problemas también se solucionaban y no se cobraba…
Tiene el orgullo de ser el primer lugar que tuvo luz eléctrica, la inauguró el mismo día que se prendió el alumbrado público. ¡Once tubo luz en un pueblo de faroles! -¿se imaginan?-.
Si nos paramos en la puerta de entrada, mirando hacia dentro, en el fondo a la izquierda había una puerta donde estaba la pizzería Vanguardia de “El inglés”.

Foto tomada en el año 1971
Todo el salón -donde hoy están las góndolas-, era ocupado por las mesas del restaurante, un servicio que se tercerizaba y en donde en verano se jugaba a la lotería. Recuerdo como si fuera ayer la voz del “Cacu Hubal” cantando los números que iba sacando en versos rimados. Para prestar un servicio de primera, también hubo peluquería. La primera estuvo atendida por “El Loco Dante” y años después por “El peluquero Cardozo”.
Nació grande, fuerte, para durar “toda la vida”; pero llegó el progreso, y el hombre que durante más de medio siglo se sintió seguro detrás del mostrador, dudó de su vigencia, de su capacidad de adaptación y concluyó que el almacén ya estaba viejo como él… entonces planificó un local acorde a los nuevos tiempos e hizo pegado al primero, uno espectacular, más alto, rectangular, moderno, embaldosado, con baños al fondo para los empleados, pensado para supermercado del siglo 21!!!… pero ahí quedó, condenado a ser depósito de por vida.
Creo que lo que pasó fue que cuando llegó el momento de mudarse, los dos gigantes en una larga conversa a solas, decidieron en un pacto de hermandad: uno no ceder el espacio y el otro no ceder su trono detrás del mostrador.


Artículo publicado en Portal de Aguas Dulces