martes, 10 de febrero de 2015

Punta del Este parte de la ruta del vino uruguayo


Cruzamos el charco para ponernos al día sobre la interesante producción vitivinícola de nuestros vecinos del Oriente.

Regreso lleno de curiosidad

Desde 1956 nuestros padres nos hacían veranear en Punta del Este. Ellos iban de antes, hasta que una decisión política de entonces prohibió los viajes al Uruguay (a veces cuesta creer las cosas que han hecho nuestros gobiernos en relación con nuestros vecinos más estrechos). Como teníamos casa, era habitual aterrizar en aquel lugar paradisíaco varias veces al año. Se aterrizaba en el Aeropuerto del Jagüel y el viaje se hacía en los “modernos” DC 3 (esos que se ven en los films de la Segunda Guerra Mundial, transportando cientos de paracaidistas sobre el continente europeo).
Si se quería ir en automóvil estaba el “vapor” Ciudad de Colonia, que tenía una forma moderna de embarcar los automóviles, como si fuera un ferry. Si se iba a Montevideo, en el vapor Ciudad de ídem, el automóvil se subía a la cubierta con una de las grúas que hoy quedan de adorno en Puerto Madero. El viaje duraba toda la noche, así que había que acomodarse en camarotes, que no eran precisamente un dechado de lujo.
Y volví a Punta del Este hace unos días, después de 10 años, invitado por XIII Salón Conrad del Vino. Una experiencia realmente interesante.

La viticultura uruguaya

Fue un viaje lleno de sorpresas. Quizás por falta de promoción del lado uruguayo. Quizás porque, salvo honrosas excepciones, nuestros periodistas especializados no le dedicaron mucho tiempo al tema, muchos como yo, pensábamos que el Uruguay había hecho un tránsito directo y sin escalas del “Cabernet de Santa Rosa” al omnipresente Tannat, ofrecido en las más variadas formas y cortes.
Rápidamente me di cuenta que estaba más equivocado de lo que pensaba. Claro que conocía los vinos de Carrau. Como algunos de la bodega Bouzas. Habiendo tenido oportunidad de probar alguna de las buenas vinificaciones hechas por la familia Deicas. Pero lo que encontré en el Salón, fue una multitud de pequeñas y medianas bodegas, con interesantísimos productos, variedad de cepas, y muchas de ellas localizadas en el Departamento de Maldonado, al que pertenece Punta del Este.

El Salón

Siempre he sido de los que piensan que un salón o exposición de este tipo debe abrirnos la posibilidad de probar vinos de otros países, además del nuestro. En este caso, esa posibilidad se hizo realidad. La enorme cantidad de expositores nos hacían mirar hacia el lado donde estaban los vinos franceses, españoles, italianos, argentinos (Chandon había puesto un stand enorme, donde los Terrazas se servían con generosidad), y por supuesto una cantidad importante de bodegas uruguayas de todo tipo.
Lo interesante es que el salón tenía stands de embutidos, buenos quesos, y otras delicias, que se consumían libremente y con entusiasmo. Esto quizás fue lo que hizo que no viera tantos borrachines como los que suelen verse en nuestras exposiciones. Otro factor que seguramente colaboró a que los borrachines, que suelen llegar a un punto de no distinguir vino tinto de blanco, es que la entrada diaria costaba USD 58. Es decir, si uno entraba no era para andar emborrachándose y perdiendo tontamente la oportunidad de conocer la variedad de propuestas que se ofrecían.
Titina Núñez, junto a Alejandro Maglione

La organización

El Conrad es sin duda un lugar que no se amilana ante ningún tipo de exposiciones ni espectáculos. Tienen oficio de sobra. Y los periodistas tuvimos uno de esos ángeles que nunca se olvidan: María Fernández. María siendo que tenía que estar desbordada por la cantidad de periodistas que pululaban, siempre daba la impresión de estar disponible, y pronta a resolver los requerimientos de los caprichosos como yo.
¿Quién puede dudar que estas visitas con una logística impecable son mucho más agradables, y sobre todo rendidoras desde el punto de vista profesional? Bastaba enviar un mensaje a María, para que al momento respondiera e hiciera aparecer lo que necesitábamos. Lo demás, es haber contado con el asesoramiento y contactos de un ser incansable que es Titina Núñez, directora de la revista Placer, quizás el único, o más importante medio, sobre la enogastronomía y la buena vida. La agenda de Titina es algo mágico, y a fe mía que los bodegueros la adoran, y hasta podría decir que le temen. Titina colaboró incansablemente para el éxito de mi misión.
María Fernández, Florencia Valenzuela y María Inés Machiñena


Juan Andrés Marichal

Uno de los pilares de la bodega Marichal, localizada en Canelones, y parte de la cuarta generación que maneja actualmente el establecimiento. Es un graduado de la Escuela de Enología Don Bosco de Mendoza.
Canelones fue el lugar hacia el que fluyeron los inmigrantes que llegaban de las islas Canarias. Por esto, aún al día de hoy, a sus habitantes se les dice “canarios”. En consecuencia, su abuelo canario puro, casado con una hija de italianos -la otra corriente que abunda por la zona- instaló un cultivo de vid en ese lugar, adhiriendo a la tradición de los compatriotas de su esposa.
En 1916 implantan los viñedos, y en 1938 comienzan a embotellar vinos con marca propia. Eran los tiempos del “vino común” que venía en las generosas damajuanas. Terminaron siendo cultivos de 50 hectáreas, donde las cepas reinantes eran la Tannat y la Moscatel. Uruguay hizo en los años ’80 una reconversión de sus viñedos, promovida desde el gobierno, lo cual facilitó la incorporación de una variedad de cepas que son las que hoy podemos encontrar. En el caso de la bodega Marichal eligieron el desarrollo de las cepas Pinot Noir y Chardonnay, principalmente.
Juan Andrés -con sus 35 años- lo explica con sencillez: “las plantamos en las lomitas para asegurarnos un correcto drenaje”. Y justamente a esta bodega se la conoce por su Pinot Noir. En concreto hoy explotan 18 hectáreas, de donde obtienen los 130.000 que componen su producción. Nuestro entrevistado nos cuenta que el próximo objetivo es llegar a los 200 mil litros. Esto les ha permitido también estar exportando sus productos desde hace 10 años.
Bodega familiar hasta el tuétano, Marichal describe la labor que cada miembro de la familia desarrolla para el éxito de la empresa: Juan Carlos, su padre; Lidia su madre -que es la que hace la gestión administrativa- y Alejandro su hermano. ¿El Pinot Noir? Hay que probarlo. A mí me gustó. Recordemos que el experto español Luis Hidalgo, ya fallecido, había señalado a Uruguay como depositario de terroirs con gran semejanza a Burdeos.
Juan Andrés Marichal y su padre Juan Carlos

Altos de la Ballena

Es una de las bodegas maldonadenses que visité. Ubicada sobre la sierra de la Ballena, tomando el camino que conecta la ruta Interbalnearia con la ruta 9, yendo hacia San Carlos, saliendo de Portezuelo. Me buscó en el hotel Álvaro Toto Lorenzo, un hombre joven, con vocación política -fue diputado blanco desde el año 2005 al 2010-, con el que pronto descubrimos que teníamos un gran amigo en común, Conrado Connie Hughes, que fuera Director de Planeamiento durante el gobierno de Luis Lacalle. Eso es Uruguay: siempre se encuentra un vínculo con alguien más a poco de conocerse. Hablar del “hijo de, casado con”, es casi un deporte.

Vinos de bodega Altos de la Ballena

El proyecto que Álvaro desarrolla con su esposa, Paula Pivel, que es enóloga, está ubicado en uno de los paisajes más lindos que he visto en el Uruguay. El campo quebrado, bien verde, con la laguna del Sauce a la vista, y la brisa marina acariciando los viñedos. Ambos profesionales exitosos, sin hijos, un día quemaron sus naves en Montevideo y se instalaron a vivir en este paraíso. La idea comenzó a rondar en sus cabezas en 1996.
Nota de color: aparece un perro y lo llaman “Manolo”. Manolo resulta que se llama porque es una cría de los perros que Manuel Manolo Mas, queridísimo amigo, tiene en Mendoza. Esto también es Uruguay: los vínculos con la Argentina son una constante.

Viñedos en Altos de la Ballena en medio de las rocas

El viñedo tiene 9 hectáreas propias, más otras dos y media que explotan por cuenta de un amigo. La geografía es sufrida. En la lomada manda la roca viva, y en los bajos los humedales.A esto se suma una batalla constante con las voraces palomas, que adoran las uvas de Álvaro y Paula. Si bien hay instalación para el riego, éste solo es necesario si la primavera se presenta con pocas lluvias. De lo contrario, el viñedo se riega con el agua que viene del cielo.
Probamos vinos interesantísimos, si bien confieso que me enamoré del Merlot que están haciendo. Delicioso.Ellos comenzaron pensando que eran Saint Émilion y comenzaron plantando Merlot y Cabernet Franc. Luego la realidad les haría ampliar el espectro, incluyendo el infaltable Tannat, algunas hileras Viognier y otras de Syrah.
Las botellas tienen una constante, que son sus magníficas etiquetas, obra del estudio Zemma y Ruiz Moreno.Me encantó una que introdujo una nueva marca: Cetus, que en latín significa ballena. La etiqueta muestra un ojo enorme, que resulta ser de una ballena, dibujado por un norteamericano a fines del siglo XIX. Realmente un hallazgo.
Paula es asistida por un asesor que viene regularmente de Mendoza, Duncan Killiner (que allí hace el Manos Negras) y la enóloga oficial es la italiana Agnese Bitozzi. Nada queda al azar.
Los vinos que desfilaron por nuestro paladar, con la vista soñada que he descrito, fueron el Altos de la Ballena Merlot 2009, que me encantó, como le dije. Luego otro reserva 2010 Tannat-Viognier, rico, si bien me gustó más el cosecha 2011. Otro vino fue un corte Tannat-Merlot-Cabernet Franc, del 2011. Y por fin el Cetus, un Syrah que abandona la marca de Altos, y se prueba sintiéndose observado por ese inquietante ojo de la ballena. Insisto: de todos, me quedé con el Merlot. Pero todos me produjeron una agradable sensación: el asombro por la calidad con que me encontré.

Redondeando

Mi crónica sobre la visita enológica a Punta del Este-Maldonado, y su potencial para ser parte de una ruta enológica, podría decir que recién empieza. Así que como en los viejos films le digo: continuará, y estoy seguro de que no se arrepentirá de esperar. Cicerón dijo: praeterita mutare non possumus (no podemos cambiar el pasado). Uruguay con sus vinos, me demostró exactamente lo contrario.


Fuente: conexionbrando.com
Artículo publicado en: Destino Punta del Este.